DEBATES OBSESIVOS

Una de las conductas obsesivas que más nos traen de cabeza son los debates internos. Esta concatenación eterna de conjeturas y conclusiones en la que podemos enfrascarnos días enteros. «¿Me echarán del trabajo? ¿Me quiere de verdad? ¿Habré pillado COVID? ¿Revisé bien el informe antes de enviarlo? ¿Se entendió lo que dije? ¿Se habrán cabreado?» Cuántas horas habremos perdido mirando al infinito, con la cabeza y el pecho como un bombo.

Si nos quedamos en la literalidad de su discurso, los debates obsesivos parecen procesos racionales: dudas, hipótesis, razonamientos, conclusiones… Todo lo que se espera de un buen debate intelectual, pero en el anfiteatro de tu cráneo. Pero lo único que tienen de intelectual es la forma. En realidad, estos debates son rehenes de la angustia. La función esencial de esta conducta es reducir el miedo a través de un análisis supuestamente lógico de nuestra realidad. Atamos nuestra angustia existencial a la capacidad para llegar a conclusiones tranquilizadoras, que confronten o eliminen las amenazas a las que tenemos que hacer frente:

  • Nos otorga una maravillosa sensación de control.
  • Nos llena la cabeza de ideas que nos distraen de lo que nos da realmente miedo (en términos técnicos esto se llama evitación).
  • Reduce la incertidumbre ante un futuro incierto.

Estas funciones no están mal. Pensar para reducir la complejidad del mundo y construirnos realidades asequibles es muy guay, siempre y cuando seamos conscientes de las limitaciones de la estrategia. El principal inconveniente de los debates obsesivos es que reducen el miedo a un problema a resolver, a una mera preocupación. Y la angustia vital es mucho más que eso. Puedes resolver todos los problemas de tu vida y seguir con el pecho desbocado porque hay una realidad inevitable: la incertidumbre, y su consiguiente acojone, son connaturales al hecho de estar vivx. Por muy atado que tengas todo. Por concretar: si los debates obsesivos no se acompañan de una gestión de la angustia que los inicia, se convierten en un problema de conducta.

El miedo no se desactiva por completo con conclusiones. Por eso los debates obsesivos no tienen fin y acaban convertidos en un encadenamiento eterno de conclusiones contrapuestas. Vamos a ilustrarlo con el miedo a contraer una enfermedad. Cualquier sensación susceptible de ser interpretada como un síntoma empieza el debate: «¿Lo habré pillado?» A raíz de esa pregunta, empieza una secuencia en la que vamos derrapando de una conclusión a la contraria a 8000 pensamientos por minuto:

  • «Me noto regular, fijo que lo he pillado» (conclusión chunga = ansiedad)
  • «Bueno, tampoco te vuelvas locx, es una sensación sin más. Seguro que no es nada» (conclusión tranquilizadora = reduce ansiedad, pero genera incertidumbre)
  • «Ya, nunca es nada hasta que lo es. Tengo que prepararme para lo peor» (otorga control, pero genera ansiedad)
  • «Ya estás otra vez, espérate a ver cómo evoluciona» (reduce ansiedad, pero genera incertidumbre)

Cada «conclusión» abre una nueva duda. Y, así, vamos oscilando en un péndulo infinito de miedo, control e incertidumbre, que solo acaba cuando nos distraemos con la siguiente rayada.

Cuando nos metemos esta vorágine nos va la vida en ganar el debate, en llegar a una conclusión a la que aferrarnos. Da igual que sea buena o mala porque de lo que nos queremos deshacer es de la incertidumbre y la angustia que viene pegada a ella. Ganar el debate es lo que nos engancha a esta secuencia, como si las conclusiones fueran frutitas de una tragaperras. Pero la única manera de ganar estos debates es no entrando en ellos, como las broncas chungas en redes sociales.

El objetivo no es ganar el debate.
El objetivo es que no exista.

Para trabajar en esta habilidad, hay una serie de pautas que en terapia se muestran muy efectivas:

  1. Tomar decisiones de verdad. Los debates en sí no son malos, son una forma muy útil de solucionar problemas y tomar decisiones. Analiza tus rayadas obsesivas de forma pragmática: ¿Cuál es el problema que puedes solucionar? ¿Qué sería para ti una solución a ese problema? ¿Qué alternativas puedes ejecutar al respecto? En lugar de calentarte la cabeza con el problema y dejarte arrastrar por mil escenarios chungos, piensa de una forma estructurada. ¡Ojo! Que enfocarlo de esta manera puede ser muy útil pero no te va a servir de nada si no complementas esta estrategia con las siguientes.
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  2. Confrontar el miedo, exponerte a la incertidumbre. Las secuencias de preocupación y debate siempre empiezan con un miedo. En muchos casos ese miedo sí se puede disminuir porque tiene elementos que están bajo nuestro control. Otras muchas veces no. En estos casos no queda más remedio que confrontar el desasosiego y asumir que, por mucho que hagas, nunca vas a estar a cero de incertidumbre. En principio parece una conclusión desalentadora, pero se sufre mucho menos afrontando lo que venga que pretendiendo controlar lo incontrolable.
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  3. Localizar la angustia. Esta es la habilidad que más falta hace para complementar los debates obsesivos. Estamos hablando todo el rato del miedo que provoca la aparición de debates obsesivos y de las limitaciones de las rayadas para gestionar esta emoción. Para que la angustia se convierta en una reacción manejable es necesario entenderla y localizarla. No sirve de nada pretender inhibirla, ni evitarla sepultándola en mil rayadas. Sé consciente del acojone que inicia estas secuencias: descríbelo, localízalo en el cuerpo, habla de él. Solo así podrás gestionarlo. Lo bueno es que esta acción no es incompatible con la parte más ejecutiva de buscar soluciones y tomar decisiones.
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  4. Autoinstrucciones. Son la forma más efectiva de recordarse a uno mismo que iniciar estos debates es contraproducente. Por tanto no sirven las autoinstrucciones optimistas o que buscan una resolución favorable del debate. Hay que utilizar autoinstrucciones que anulen el propio debate. Por ejemplo: “cuando eso ocurra, ya lo solucionaré”, “cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente”, “no puedo saber lo que ocurrirá, toca esperar”.

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